Este prólogo me obliga a preguntarme: ¿ quién es Rubén Hernández, después de 25 años ? ¿ De dónde viene, y a dónde va ?
El autor es mendocino. Como en una antigua postal imaginaria emerge Mendoza, cercada por la cordillera de los Andes, con su paisaje desértico transformado por el hombre y el agua. Tierra seca labrada por habitantes montañeses, de pocas palabras, pero de enorme voluntad para permanecer en ella y extraerle frutos. Ayudados por los ríos de montaña ya encauzados, por redes de regadío de milenaria tradición huarpe. El resultado: agricultura, surgimiento de la vitivinicultura y ahora, un espléndido Malbec.
Simultáneamente, esos cultivos se acompañaron con el desarrollo de la cultura y del teatro, desde el siglo XIX, en la etapa revolucionaria del Gobernador San Martín. Luego, en 1939, ya con el teatro independiente consolidado, se creó la Universidad Nacional de Cuyo que atrajo a Galina Tolmacheva. Inmediatamente se gestó un centro cultural importante. Un oasis artístico impensado para este pueblo agrícola e industrial, orgulloso del brillo de sus veredas cercadas por profundas acequias.
Y en esta comarca nacen y se desarrollan teatristas brillantes. Algunos de ellos abandonaron la ceremonia de la siesta y emigraron a la Capital, atraídos por las luces del centro: Aldo Braga, Luis Politti, Nina Cortese, el beckettiano Miguel Guerberof entre otros. También emigraron, por la oscuridad de la dictadura, Ernesto Suárez con su teatro comunitario y el dramaturgo Arístides Vargas, con su hondura poética, rumbo a Ecuador. Pero vuelven, siempre vuelven…
Este es el territorio donde nació y se formó el alumno Hernández, referente de nuevas generaciones. Sin lugar a dudas, un personaje multifacético. Arraigado a las tablas porteñas se desplaza en el vodevil, music hall, café concert, show, poesía, humor, actuación y dirección y puesta de luces de numerosos espectáculos.
Me sorprende su crecimiento. Ya posee una Escuela de Formación Integral denominada Luisa Vehil. Fue nominado al Estrella de Mar 93 y merecedor del Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, como mejor obra de teatro por Anclado en Madrid de Roberto Ibáñez. A propósito, recuerdo aquello de dime con quién andas y te diré quién eres cuando lo encuentro dirigido por la entrañable China Zorrilla en el elenco de 12 Hombres en Pugna de Reginald Rose rodeado por Osvaldo Bonet, Daniel Fanego, Toni Lestingui, Arturo Maly, Gianni Lunadei, Tony Vilas y Villanueva Cosse. Y luego por Jaime Kogan en Mariana Pineda de García Lorca, pero esta vez, con Virginia Lago y viejos amigos mendocinos como Martín Neglia y Liliana Parafioriti.

EL PRÓXIMO ALISTAMIENTO

Actualmente, como buen amante de los desafíos, se arriesga como dramaturgo con la publicación de El próximo alistamiento y vuelve a su manuscrito delineado a los veinte años. Me aclara que “hoy lo escribiría desde otro lugar y manera, pero elijo conservar la ingenuidad y los sentimientos de aquel momento. Además el texto es un tanto especial porque narra experiencias vividas y forma parte de nuestra dolorosa historia, con ilusiones, agarrados a la vida, queriendo devorarnos el mundo”.
El libro ofrece palabras preliminares, las dedicatorias en las que rescata a sus compañeros del Batallón de Infantería de la Marina Nº 1, clase 1962, datos de la obra, en prosa y en verso en los que alude a la historia de un país engañado y a la necesidad de “vivir, sobrevivir, vivir mejor…”.
En el texto actualiza los episodios de la guerra de Malvinas, de 1982 en clave de teatro musical, con la presencia de 21 personajes individualizados y numerosos personajes corales de manifestantes y conscriptos y el pueblo participantes de las coreografías.
El planteamiento espacial, sumamente original, le permite delimitar espacios simbólicos simultáneos, correspondientes a secuencias de la vida cotidiana, la de los conscriptos, y la de los noticieros, contrastados con escenarios ingleses. Este juego paralelístico permite el dinamismo de la acción con un ritmo ágil. La gravedad del tema de la guerra se aliviana con la forma de ensamblar 19 cuadros de la misma factura. En cada uno de ellos, la didascalia preliminar propone la coreografía, el tema de la canción correspondiente y a continuación, las escenas con personajes individualizados que desenvuelven el hilo de la acción.
Se suceden situaciones destinadas a mostrar amores contrariados, las cartas, los sentimientos e ilusiones de los jóvenes argentinos. Las amistades del servicio militar, a pesar de las diferencias sociales, las reacciones ante la muerte, la dependencia y la soberanía, la falta de oportunidades, los exilados, la oscuridad de la política internacional y nacional, la solidaridad, la inserción de los artistas en los festivales patrióticos, los suicidios y los horrores de la guerra.
Por último, me interesa destacar la riqueza, precisión y singularidad de los planteos coreográficos. Los trabaja con acertados desplazamientos y con emisión de sonidos articulados con las manos, los pies, la boca, los gestos, aceleración o cámara lenta, la música y las canciones. La síntesis de estos recursos, sumados a acertados apagones y cambios escénicos, aporta la creación de interesantes y, a veces, sobrecogedores climas. A modo de ejemplo: las mujeres que tejen  unen sus tejidos en una red gigante que al abrirse el telón se ve como ambientación de camuflaje, como una red de combate.
Impagables son las escenas con la dama de hierro. Margaret Thatcher, cantante de cabaret, o subida a un ring, iluminada por las marquesinas del teatro Atlántico Sur.
En el estreno de 1984 se congregaron actores y público que celebraron al mismo tiempo un encuentro catártico cada noche. Yo hoy celebro la aparición de este texto dramático, 25 años después.
Tal vez el espejo de la memoria nos sirva para reaccionar, para alistarnos y estar alertas, muy alertas, para advertir los engaños y como pretende Rubén: “para aprender a vivir con los ojos mas abiertos”. Nuestros jóvenes necesitan saber quiénes son y en qué país viven. Necesitan mirar el pasado para modificar el presente ¿Hasta cuándo la mirada nublada y el callejón sin salida? Sólo sé que la resonancia de las dolorosas palabras: "Si quieren venir, que vengan. Les presentaremos batalla... estamos dispuestos a escarmentar a quien se atreva a tocar un solo pedazo de suelo argentino", puedo responderlas parafraseando a Leopoldo Marechal:

“la Patria amada y amarga es un dolor que aún no sabe su nombre un dolor que nuestros ojos no aprenden a llorar un miedo inevitable y un dolor que se lleva en el costado, sin palabras, ni grito”. 

Graciela González de Díaz Araujo